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La primera transfusión de sangre fue argentina

09.11.2018 10:25

En el Día del Donante Voluntario de Sangre, saltamos en el tiempo para recordar el día que dio origen a la efeméride.

1914. La Primera Guerra Mundial ocupaba las cabezas del mundo, amenazante. En Argentina, un médico extremadamente curioso se preguntaba en su hospital aun con olor a nuevo cómo podía ser que, hasta el momento, no hubiesen podido conservar sangre fuera del cuerpo humano. ¿Sabría el Dr. Luis Agote que estaba muy cerca de pasar a la historia?
 
“Que la sangre es una sustancia poderosa es algo que se sabe –casi– desde el origen de los tiempos. Ya en el 1492 se intentó transfundir al Papa Inocencio IX, que estaba muy mal de salud, sin éxito, por supuesto”, recuerda el doctor Roberto Iérmoli (MN 51.119) en diálogo con CONBIENESTAR. La consulta al especialista no es azarosa: él preside desde hace 12 años la Cuarta Cátedra de Medicina Interna en el Hospital de Clínicas, el lugar donde todo sucedió y del que Agote fue el segundo profesor titular.
 
Para el 1900, Iérmoli explica que ya había documentación acerca de transfusiones directas, de dador a receptor, “que solían terminar muy mal, debido a los riesgos que conllevaban”. Asimismo, en 1901, el austríaco Karl Landsteiner ya había descubierto los grupos sanguíneos A, B y 0. “El hallazgo fundamental de Agote, que cambió la historia, fue que encontró la manera de conservar la sangre sin que se coagule y, así, poder almacenarla”, subrayó Iérmoli.
¿Cómo lo hizo? Pues experimentando. “Agote sufría mucho viendo morir a personas con hemofilia y, en sus investigaciones, notó que la albúmina del huevo –una proteína– se hacía incoagulable cuando se le colocaba citrato de sodio. Entonces infirió que sucedería lo mismo con la sangre, que también presentaba proteínas. Como era un hombre muy ansioso, mezcló ambos elementos, los dejó dentro de una caja fuerte y se fue a visitar a unos amigos al campo. Cuando volvió, la sangre mantenía su estado”, narró el médico.
 
Con este primer paso superado, se abría un segundo desafío: cómo saber que el citrato de sodio era inocuo para el ser humano. “Agote prestó su cuerpo para que le inyectaran el citrato de sodio en distintas concentraciones y así comprobar que era inocuo”, continuó. Con este conocimiento en la espalda, el 9 de noviembre de 1914 en la cama 14 de la Sala Fernández 1 de Clínica Médica, se produjo la primera transfusión en la historia mundial, a un paciente con tuberculosis, que fue dado de alta a los tres días gracias a una mejoría notoria producto del procedimiento.
“Además del hallazgo, que hasta hoy sigue siendo la base del procedimiento, lo valorable es que Agote no solo no lo patentó sino que solicitó a la Cancillería argentina que lo hiciera público para salvar vidas durante la guerra”, aseveró Iérmoli. De esta manera, dos años después su descubrimiento estaba extendido por el globo.
 
“El Dr. Agote es realmente un benefactor de la humanidad. Los alcances de este avance van más allá de las transfusiones, sin esto no sería posible hacer cirugías cardíacas a corazón abierto, hemodiálisis... las millones de vidas que se han salvado son incalculables”, consideró Iérmoli. “Presidir la misma cátedra que vio la primera transfusión de sangre es una responsabilidad enorme. Para nosotros es un maestro que aun hoy constituye un fuerte estímulo para seguir adelante”, concluyó el médico, quien también hoy es el guardián de mucha documentación de la época.
tn

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Creado por Julio Torreguitart